Durante años buscaba la belleza a través de mi pincel, pero mi mente a menudo era un lienzo lleno de formas, juicios y ansiedades por el resultado final. Como maestra de pintura, siempre enseñé a mis alumnos a observar, pero no fue hasta que completé estos dos meses de práctica intensiva de mindfulness, que comprendí lo que significa observar realmente sin juzgar. Esta experiencia de ocho semanas no solo ha calmado mi mente, sino que me ha consolidado y entregado nuevas herramientas para transformar mis clases, para enseñar con mayor certeza y claridad como cada trazo puede convertirse en un acto de presencia pura, y cada color en un lenguaje emocional que se acepta y no se juzga.
Por Carola Arriagada / Teórica del arteEnsayo Arteterapia
San Luis, Argentina
La meditación ha sido parte de mi vida hace muchos años, desde que buscando como joven un espacio de paz, encontré un centro budista donde me enseñaron a meditar. Desde entonces incorporé esta herramienta como un ancla sorprendente que me ayudó a entrar en mi espacio interior, para así encontrar la calma y paz que tanto me costaba hallar en el afuera.
Siendo maestra de pintura me di cuenta que innatamente en mis clases transmitía no solo el lenguaje pictórico y la teoría para lograr un buen trabajo de pintura, sino que transmitía calma y presencia, y de alguna forma mágica hacía que mis alumnos meditaran sin darse cuenta, al permanecer en estado de presencia, frente a la obra y el espacio armónico, tranquilo y amoroso que significaba mi taller.
A menudo, en mis clases de pintura observaba cómo los alumnos se tensaban al enfrentarse a un error o cómo la frustración aparecía cuando la mano no seguía exactamente lo que la lógica dictaba. Yo misma habitaba ese espacio de exigencia. Sin embargo, el mindfulness me ha enseñado a aplicar la “mente de principiante” frente al atril.
Al integrar la atención plena, la pintura deja de ser una búsqueda de la perfección, para convertirse en un registro sensorial: el roce de las cerdas del pincel, el aroma del aceite o el degradado de una acuarela se transforman en anclas que nos mantienen en el “aquí y ahora”.
No es casual que mi Academia se llame “Artedehoy”, mis clases hacen recordar que estás pintando en el presente, ese regalo que habitualmente nos cuesta apreciar.





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